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terça-feira, 4 de junho de 2013

La rebelión del gesto femenino

Madrid 4 JUN 2013

 Fotografía de Edward Weston Desnudo flotando / Floating Nude, 1939, expuesta en 'Él, ella, ello. Diálogos entre Edward Weston y Harry Callahan'. / Center for Creative Photography, 1981 Ari zona Board of Regents

 
Frente a la incontestable evidencia de que la imagen de la mujer ha sido durante siglos una proyección de las fantasías masculinas, las exposiciones inauguradas ayer dentro del festival PhotoEspaña ofrecen la pista de cómo la fotografía ha sido decisiva para rebelarse contra la iconografía dominante. Lo fue de manera radical a través de la vanguardia feminista de los años setenta, de manera más amorosa a través de fotógrafos cómo Edward Weston y Harry Callahan, que impusieron el afecto al deseo sobre sus compañeras hasta aprender a mirarlas tal y como eran, y de un modo más frío y geométrico por artistas como el modernista polaco Zbigniew Dtubak, para quien el elemento erótico solo es anecdótico.
Distribuidas en cuatro salas del Círculo de Bellas Artes de Madrid y bajo el patrocinio de la Fundación Banco Santander, las exposiciones Mujer. La vanguardia feminista de los años setenta. Obras de la Sammlung Verbund; Él, ella, ello. Diálogos entre Edward Weston y Harry Callahan; y Zbigniew Dlubak. Estructuras del cuerpo (organizada por el Instituto Polaco de Cultura) abrieron sus puertas mientras en el sótano del edificio la minúscula sala Minerva quedaba reservada para Fernando Brito, joven fotógrafo mexicano premiado hace dos años por el festival y que ayer presentaba la pavorosa Tus pasos se perdieron en el paisaje, fotografía documental sobre los muertos de Sinaloa. “Mi fotografía es una denuncia, porque donde yo vivo suceden estas cosas. Sí, también es un país hermoso, pero no se puede confiar en nadie”, explicó Brito. “Trabajo en un periódico y allí los muertos se olvidan de un día para otro, yo solo he querido darle más vida a esos muertos”. Los cadáveres de Brito son incomprensibles nudos de carnes y sangre en medio de la naturaleza. Descalzos y maniatados no respiran mientras los ríos, árboles y campos en los que yacen siguen su curso. Brito mantiene la distancia que no respetaron sus ejecutores, quizá solo por eso el trabajo resulta tan impactante.

Desnudo / Nude, 1934, fotografía de Edward Weston. / Center for Creative Photography, 1981 Ari zona Board of Regents
 
No hay impacto de actualidad en las artistas que se rebelaron en los años setenta contra la narración machista. El impacto es de categoría histórica. Birgit Jürgenssen, Renate Bertlmann, Francesca Woodman, Nan Goldin, Cindy Sherman, Esther Ferrer… las 21 artistas representadas encontraron en su cuerpo un medio de expresión y un campo de batalla. “Las mujeres artistas se adaptaron mejor a los nuevos medios tecnológicos, como el vídeo y la fotografía, que les permitía ser más directas, más espontáneas… Eran nuevos medios sin historia y eso les facilitó el trabajo. Fue entonces cuando las artistas empezaron a deconstruir la iconografía femenina construida por los hombres”, cuenta Gabriele Schor, comisaria de una exposición en la que se disputan los conflictos mujer-madre-artista o en el que se expone un eslogan fundamental del feminismo de los sesenta: “lo privado es político”. Es decir, entre hornos, fregonas, embarazos, condones, madres, hermanas, amigas, amor y sexo, también se decide el mundo. “Estas artistas son pioneras, construyeron por primera vez en la historia su propia imagen”, añade Schor.
Frente a estas militancias, dos fotógrafos clásicos (Weston y Callahan) demuestran gracias al tú a tú propuesto por la comisaria Laura González Flores el camino común, el camino “amoroso”. “Ellos no querían solo representar el cuerpo de sus mujeres, sino capturar la sutil relación entre dos personas que se aman. Hay deseo y hay sobre todo mucho afecto en dos artistas que coincidieron al fotografiar sistemáticamente a sus respectivas compañeras. Es un gesto de intromisión por parte de ellos, su manera de formar parte del gesto femenino”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/06/03/actualidad/1370284865_140088.html

 

‘Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia’

Madrid 3 JUN 2013


'Rue Saint‐Honoré por la tarde. Efecto de lluvia' (1897), óleo de 81 x 65 centímetros propiedad del Museo Thyssen‐Bornemisza.

 
Camille Pissarro pintó Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia durante el invierno de 1897. Lo hizo desde la ventana de su habitación en el hotel de la plaza del Théâtre Français. La obra forma parte de una serie de quince en la que tres pinturas se centran expresamente en Saint-Honoré. La bulliciosa escena está tomada a primera hora de la tarde y sobre el asfalto se ven varios coches tirados por caballos y numerosos paseantes con sus paraguas abiertos.
El cuadro es uno de los más bellos pintados por Pissarro. Pero no todo el mundo se fijará en él por su fascinante atmósfera. El morbo sobre su origen lo convertirá, sin duda en una de las grandes estrellas de la muestra.
Conscientes de ese interés extra artístico, la dirección del Museo Thyssen ha recordado en una nota que Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia es propiedad del Estado español "en virtud del contrato de compraventa de la Colección Thyssen-Bornemisza celebrado el 21 de junio de 1993 con Favorita Trustees Limited, titular legítima de la obra, adquirida por el barón Thyssen-Bornemisza en una galería de Nueva York. La fundación es, por lo tanto, según el derecho civil español, la única y legítima propietaria de la obra, según ha sido ratificado por la Abogacía General del Estado".
La demanda fue presentada en 2005 por el fotógrafo Claude Cassirer, quien en 2000 descubrió que el cuadro se encontraba en la pinacoteca madrileña. Cassirer, que falleció en septiembre de 2010 a los 89 años, recurrió a los tribunales californianos para exigir a la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza y al Reino de España que le entregaran el preciado pissarro, valorado en 13,7 millones de euros. Al morir, sus herederos decidieron mantener el caso abierto, en el que se afirmaba que la obra perteneció a Lilly Cassirer Neubauer, abuela de Claude Cassirer, una judía que logró huir de la Alemania nazi y se vio forzada a deshacerse del cuadro en su intento por conseguir el visado para salir del país. Tras la guerra, Lilly Cassirer reclamó judicialmente la obra y en 1958 el Gobierno federal alemán la reconoció como su propietaria legal y le entregó 120.000 marcos como compensación.
En mayo de 2012, la reclamación fue desestimada. La sentencia declaró inconstitucional la ley dictada por el Estado de California para ampliar retroactivamente el plazo para la interposición de este tipo de reclamaciones. La familia Cassirer ha recurrido esa sentencia, por lo que el archivo del procedimiento no es definitivo. No obstante, el Thyssen considera que la resolución del juzgado está sólidamente fundada en la jurisprudencia aplicable de los tribunales norteamericanos, y es improbable su revocación. "Sin perjuicio de lo anterior", concluye la nota "y sea cual sea el desenlace de ese recurso, la Fundación considera que es la legítima propietaria del cuadro, y su oposición a la demanda de la familia Cassirer está también plenamente justificada por motivos de fondo".
 
El museo posee dos obras de Pissarro: Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia (1897) y El bosque de Marly (1871). Además, Carmen Thyssen es dueña de cuatro: Camino de Versalles, Louveciennes, sol de invierno y nieve (1870), Campo de coles, Pontoise (1873), Prados de Éragny, el manzano (1894) y El huerto en Éragny (1896). Todos ellos están incluidos en la exposición.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/31/actualidad/1370011429_964918.html
 

Mãe não é tudo igual

Os filhos que o digam...

ISABEL CLEMENTE


Isabel Clemente é editora de ÉPOCA na sucursal do Rio. Há 19 anos tem escrito sobre temas econômicos e sociais que compõem os desafios da história recente do país. Aos domingos, escreverá sobre família e a divertida e desafiante missão de ser mãe (Foto: Rodrigo Schmidt/ÉPOCA)

Você acredita que mãe só muda o endereço? Eu não. Ser mãe é uma missão de muitas nuances. Por mais que a gente se prepare, leia, troque ideias e estude ao longo da vida para exercê-la da melhor maneira possível, ainda cabe muito improviso. A pessoa no exercício dessa função encontrará pela frente situações, personalidades e desafios tão variados que, arrisco dizer, não consegue ser igual nem com um filho depois do outro. Que dirá em endereços diferentes. Me dou por exemplo.
A primeira filha encontrou a Dona Antiséptica louca por manuais sobre bebês. Chorou quando a enfermeira furou a orelha da neném. Chorou nas vacinas também. Por acreditar-se despreparada, essa mulher tratou de arrumar uma enfermeira e usou seus superserviços por 40 dias. Quando a moça foi embora, o mundo era mais ou menos como uma escura floresta sem placas sinalizadoras e a filha, um filhote indefeso largado aos cuidados dos pais, esses incompetentes. Essa mulher fervia mamadeiras, chupetas e mordedores, fazia questão de papinhas feitas no mesmo dia com legumes frescos e tinha horror a essa mania que todo mundo tem de pegar seu bebê no colo sem tomar banho de álcool gel antes. Ela mantinha os álbuns de fotografia atualizados e todas as gracinhas escritas. Essa mãe ligou para o pediatra preocupada quando a filha comeu lenço umedecido e achava que a filha precisava de atenção 24 horas por dia, sob pena de parar de respirar se alguém não estivesse olhando. Comprou CDs tranquilos para a filha ouvir, Baby Einstein, Baby Mozart e Baby Beatles, e considerava a televisão um dos venenos a ser banido do campo de visão do seu bebê. Dormia quando a filha tirava soneca. Voltou a fazer pilates um mês depois do parto. Tinha disposição e paciência. Aplicou o nana-nenê e outras estratégias da moda para sua filha dormir a noite toda. E a filha dormiu a noite toda aos 3 anos e meio. Ela seria incapaz de discordar do marido, mesmo na frente de um bebê de seis meses. Ela sabia que coerência é um importante pilar na vida do casal. Essa mulher voltou aos prantos da licença maternidade sentindo-se a pior das criaturas por abandonar uma criança em formação.
A segunda filha encontrou Mamãe Cansada de não dormir. No dia em que voltaram da maternidade, a babá resolveu ir a uma festa e Mamãe Cansada mas segura logo viu que não precisaria dela nem naquela noite, nem dia nenhum depois disso, aliás. Só voltou a ter babá (outra) pouco antes de retornar ao trabalho porque acredita que ninguém cuida melhor dos fihos do que os pais. Essa mãe não quis assistir ao ritual de furar a orelha, mas não chorou. Nem nas vacinas. Ela continua fazendo as crianças gargalharem, mas dá bronca na filha desde que a filha aprendeu a sentar. Além de não comer legumes e verduras e fazer mais besteiras do que a primogênita fazia sozinha, a segunda filha conta com cumplicidade da irmã para duplicar as bobagens que pensa e faz. E as duas levam broncas. Essa mãe parou de ferver chupetas no décimo dia de vida da filha (ou terá sido no quinto?) e desistiu dos mordedores. A filha mordia qualquer coisa que tivesse à mão mesmo. Ela sabe que Fisher Price é legal, mas caixas vazias também, além de custar mais barato. Perdeu o controle sobre a revelação de fotos e, não sabe por quê, sobre o tom da própria voz. Ela chegou à conclusão que a filha podia brincar sozinha sem o risco de parar de respirar ou ficar traumatizada. Mamãe Cansada heroicamente voltou a fazer pilates quando a segunda filha tinha dois meses e faltou bastante às aulas depois. Quando o professor mandava ela acionar a força abdominal, ela achava que acionar a força de vontade bastava. Essa mãe também resolveu que, entre um CD infantil e outro, a filha podia ouvir Lulu Santos, Alceu Valença, Chico Buarque e Legião Urbana porque os pais merecem mudar o fundo musical da casa de vez em quando. Ah, e podia ver TV também, que mal há nisso...No batizado, a neném já sem vestido rodou por todos os colos cheios de perdigotos enquanto mamãe distraída sorria feliz esquecendo-se do álcool gel. Essa mãe brincava com a filha mais velha quando a caçula dormia e, por isso, continuou cansada. Ela voltou a trabalhar depois da licença maternidade tranquila (e cansada) porque sabia que uma menina tinha a companhia da outra. Ela não usou o nana-nenê nem outra estratégia da moda para sua filha dormir a noite toda. E a filha dormiu a noite toda aos 3 anos e meio. Essa mulher desistiu dos manuais, conformou-se com o fato de suas filhas não dormirem cedo como manda o figurino e passou a observar mais a dinâmica da própria família, tentando deixar o pai fazer as coisas da maneira dele, mesmo que elas cheguem na escola cheirosas e despenteadas.
A vida dessa mulher ficou tão corrida que, às vezes, ela se esquece que, para discordar do marido sobre algum quesito da educação das meninas, ela precisa sair do campo de visão e audição das crianças. Para ela, o bom humor é o verdadeiro pilar na vida do casal com dois filhos. Ela se leva menos a sério.
Mas essas duas mulheres têm vários pontos em comum. Destaco a vontade de acertar e o hábito de continuar registrando por escrito o quanto ela tem se divertido, aprendido e sofrido com o crescimento de suas meninas. Tira muitas fotos também. Só falta reveler.

(Este é o texto de estreia da coluna semanal de Isabel Clemente em epoca.com.br. Ela escreverá aos domingos.)

http://revistaepoca.globo.com//Sociedade/Isabel-Clemente/noticia/2013/06/mae-nao-e-tudo-igual.html

Os loucos, os normais e o Estado

Os “loucos” são aqueles que dizem mais dos “normais” do que de si mesmos: o livro 'Holocausto Brasileiro' conta um capítulo tão tenebroso quanto escondido da história recente do Brasil – e que está longe de ser encerrado

ELIANE BRUM
 
Eliane Brum, jornalista, escritora e documentarista. Autora de um romance - Uma Duas (LeYa) - e de três livros de reportagem: Coluna Prestes – O Avesso da Lenda (Artes e Ofícios), A Vida Que Ninguém Vê (Arquipélago, Prêmio Jabuti 2007) e O Olho da Rua  -  (Foto: Lilo Clareto/Divulgação)
Antônio Gomes da Silva soltou a voz ao empolgar-se com a Banda da Polícia Militar. Ao seu lado, o funcionário levou um susto:
– Por que você nunca disse que falava?
E Antônio:
– Uai, mas ninguém nunca perguntou.
Ele tinha passado 21 anos como mudo na instituição batizada de“Colônia”, considerada o maior hospício do Brasil, no pequeno município mineiro de Barbacena. Em 21 anos, nenhum médico ou funcionário tinha lhe perguntado nada. Aos 68 anos, Antônio ainda não sabe por que passou 34 anos da vida num hospício, para onde foi despachado por um delegado de polícia. “Cada um diz uma coisa”, conta. Ao deixar o cárcere para morar numa residência terapêutica, em 2003, Antônio se abismou de que era possível acender e apagar a luz, um poder que não sabia que alguém poderia ter. Fora dos muros do manicômio, ele ainda sonha que está amarrado à cama, submetido a eletrochoques, e acorda suando. A quem escuta a sua voz, ele diz: “Se existe um inferno, a Colônia é esse lugar”.  
Antônio ganhou nome, identidade e história em uma série excepcional de reportagens. Publicado na Tribuna de Minas, de Juiz de Fora (MG), o trabalho venceu o prêmio Esso de 2012 e foi ampliado para virar um livro que chega às livrarias nesta semana. Na obra, a jornalista mineira Daniela Arbex ilumina o que chamou de “holocausto brasileiro”: a morte de cerca de 60 mil pessoas entre os muros da Colônia ao longo do século XX. Convidada por Daniela para fazer o prefácio de seu livro, abri uma exceção e aceitei, pela mesma razão que me move a escrever esta coluna: a importância do tema para compreender nossa época.
Em Holocausto Brasileiro (Geração Editorial), Daniela Arbex devolve aos corpos sem história, que eram os corpos dos “loucos”, uma história que fala deles, mas fala mais de nós, os ditos “normais”. Durante décadas, as pessoas eram enfiadas – em geral compulsoriamente – dentro de um vagão de trem que as descarregava na Colônia. Lá suas roupas eram arrancadas, seus cabelos raspados e, seus nomes, apagados. Nus no corpo e na identidade, a humanidade sequestrada, homens, mulheres e até mesmo crianças viravam "Ignorados de Tal".

O horror: enfiadas num vagão de trem, mulheres como esta tinham as roupas arrancadas e os nomes esquecidos ao entrar no hospício para serem apagadas da história  (Foto: Luiz Alfredo/FUNDAC. )
 
 
Qual é a história dos corpos sem história? Esta é a questão que Daniela se propõe a responder pelo caminho da investigação jornalística. Eram Antônio Gomes da Silva, o mudo que falava, Maria de Jesus, encarcerada porque se sentia triste, Antônio da Silva, porque era epilético. A estimativa é de que sete em cada dez pessoas internadas no hospício não tinham diagnóstico de doença mental. 
Quem eram eles, para além dos nomes apagados? Epiléticos, alcoolistas, homossexuais, prostitutas, mendigos, militantes políticos, gente que se rebelava, gente que se tornara incômoda para alguém com mais poder. Eram meninas grávidas, violentadas por seus patrões, eram esposas confinadas para que o marido pudesse morar com a amante, eram filhas de fazendeiros que perderam a virgindade antes do casamento. Eram homens e mulheres que haviam extraviado seus documentos. Alguns deles eram apenas tímidos. Cerca de 30 eram crianças. 
Qual era o destino de quem o Estado determinava que não podia viver em sociedade, que era preciso encarcerar, ainda que não tivesse cometido nenhum crime? Homens, mulheres e crianças às vezes comiam ratos, bebiam esgoto ou urina, dormiam sobre capim, eram espancados e violados. Nas noites geladas da Serra da Mantiqueira, eram atirados ao relento, nus ou cobertos apenas por trapos. Instintivamente faziam um círculo compacto, alternando os que ficavam no lado de fora e no de dentro, na tentativa de não morrer. Faziam o que fazem os pinguins imperadores para sobreviver ao inverno na Antártica e chocar seus ovos, como se viu num documentário que comoveu milhões anos atrás. Os humanos da Colônia não comoviam ninguém, já que sequer eram reconhecidos – nem como humanos nem como nada. Alguns não alcançavam as manhãs.
Os pacientes da Colônia morriam de frio, de fome, de doença. Morriam também de choque. Em alguns dias os eletrochoques eram tantos e tão fortes que a sobrecarga derrubava a rede do município. Francisca Moreira dos Reis, funcionária da cozinha, conta no livro sobre o dia em que disputou uma vaga para atendente de enfermagem, em 1979. Ela e outras 20 mulheres foram sorteadas para realizar uma sessão de eletrochoques nos pacientes masculinos do Pavilhão Afonso Pena, escolhidos aleatoriamente para o “exercício”. As candidatas à promoção cortavam um pedaço de cobertor e enchiam com ele a boca da cobaia, amarrada à cama. Molhavam a testa, aproximavam os eletrodos das têmporas e ligavam a engenhoca na voltagem de 110. Contavam até três e aumentavam a carga para 120. A primeira vítima teve parada cardíaca e morreu na hora. A segunda, um garoto apavorado aparentando menos de 20 anos, teve o mesmo destino. Francisca, cuja vez de praticar ainda não tinha chegado, saiu correndo.
Nos períodos de maior lotação, 16 pessoas morriam a cada dia. Morriam de tudo – e também de invisibilidade. Ao morrer, davam lucro. Entre 1969 e 1980, mais de 1.800 corpos de pacientes do manicômio foram vendidos para 17 faculdades de medicina do país, sem que ninguém questionasse. Quando houve excesso de cadáveres e o mercado encolheu, os corpos passaram a ser decompostos em ácido, no pátio da Colônia, na frente dos pacientes ainda vivos, para que as ossadas pudessem ser comercializadas. Dos homens e mulheres do hospício, encarcerados pelo Estado e oficialmente sob sua proteção, até os ossos se aproveitava. 
Daniela Arbex salvou do esquecimento um capítulo que muitos gostariam que seguisse nas sombras, até o total apagamento, no qual parte dos protagonistas ainda está viva para refletir tanto sobre seus atos quanto sobre suas omissões. Entrevistou mais de 100 pessoas, muitas delas nunca tinham contado a sua história. Além de sobreviventes do holocausto manicomial, Daniela escutou o testemunho de funcionários e de médicos. Um deles, Ronaldo Simões Coelho, ligou para ela meses atrás: “Meu tempo de validade está acabando. Não quero morrer sem ler seu livro”. No final dos anos 70, o psiquiatra havia denunciado a Colônia e reivindicado sua extinção: “O que acontece na Colônia é a desumanidade, a crueldade planejada. No hospício, tira-se o caráter humano de uma pessoa, e ela deixa de ser gente. É permitido andar nu e comer bosta, mas é proibido o protesto, qualquer que seja a sua forma”. Perdeu o emprego. 
Em 1979, o psiquiatra italiano Franco Basaglia, pioneiro da luta pelo fim dos manicômios, esteve no Brasil e conheceu a Colônia. Em seguida, chamou uma coletiva de imprensa, na qual afirmou: “Estive hoje num campo de concentração nazista. Em lugar nenhum do mundo, presenciei uma tragédia como essa”. Hoje, restam menos de 200 sobreviventes da Colônia. Parte deles deverá ficar internada até a morte: são aqueles que foram tão torturados por uma vida dentro do hospício que já não conseguem mais viver fora. Parte foi transferida para residências terapêuticas para reaprender a tomar posse de si mesma. Sônia Maria da Costa está entre os que conseguiram dar o passo para além do cárcere. Às vezes ela coloca dois vestidos para compensar a nudez de quase uma vida inteira.
Ao empreender uma investigação jornalística para escrever este livro, Daniela leva adiante pelo menos três trabalhos fundamentais de documentação contemporânea: as 300 fotos feitas pelo fotógrafo Luiz Alfredo, para a revista O Cruzeiro, a primeira a denunciar a Colônia, em 1961(duas fotografias deste acervo são publicadas nesta coluna); a reportagem transformada no livro Nos porões da loucura (Pasquim), do jornalista Hiram Firmino; e o documentário Em nome da razão, de Helvécio Ratton, filmado em 1979, que se tornou o símbolo da luta antimanicomial.
Ao ler Holocausto Brasileiro – vida, genocídio e 60 mil mortes no maior hospício do Brasil, é prioritário resistir à tentação de acreditar que essa história acabou. Não acabou. Ainda existem no Brasil instituições que mantêm situações semelhantes às da Colônia, como algumas reportagens têm denunciado – ainda que não de forma maciça como no passado muito, muito recente, e com nomes mais palatáveis do que “hospício” ou “manicômio”. As conquistas produzidas pela luta antimanicomial, que botou fim às situações mais bárbaras, estão hoje sob ameaça de retrocesso. É nesse momento que entramos nós, a sociedade.
Se não quisermos continuar sendo cúmplices da barbárie descrita por Daniela Arbex neste livro, é preciso refletir sobre o nosso papel. É bastante óbvio perceber que fábricas de loucura como a Colônia só persistiram por um século porque podiam contar com a cumplicidade da sociedade. Mesmo quando o holocausto foi denunciado na revista de maior sucesso da época, O Cruzeiro, no início dos anos 60, passaram-se décadas até que a realidade do hospício começou – muito lentamente – a mudar. E outras gerações foram aniquiladas entre seus muros. Como é possível? É possível porque a sociedade prefere que seus indesejados sejam tirados da frente de seus olhos. Não enxergar, para muitos, ainda é solução. E esta é uma das razões pelas quais a tese do encarceramento sempre encontra ampla ressonância – e tem sido largamente manipulada por políticos ao longo da história do Brasil, e inclusive hoje.
Tivesse a sociedade disposta a enxergar o que estava estampado na revista preferida das famílias brasileiras, em 1961, e muitas tragédias teriam sido impedidas. Como a de Débora Aparecida Soares. Ela foi um dos cerca de 30 bebês roubados de suas mães. As mulheres trancafiadas na Colônia conseguiam proteger sua gravidez passando fezes sobre a barriga, para não serem tocadas. Mas, logo depois do parto, os bebês eram tirados de seus braços e doados. Débora nasceu em 23 de agosto de 1984. Dez dias depois, foi adotada por uma funcionária do hospício. A cada aniversário, sua mãe, Sueli Aparecida Resende, epilética, perguntava a médicos e funcionários pela menina. E repetia: “Uma mãe nunca se esquece da filha”.
Em 2005, aos 21 anos, Débora nada sabia sobre a sua origem, mas não conseguia pertencer de fato à família de adoção. Tentou o suicídio. Como os comprimidos demoravam a fazer efeito, dirigiu-se à estrada de ferro, a mesma onde décadas antes havia passado o trem que levara sua mãe ao inferno. Foi salva por uma amiga, que a carregou para o hospital no qual mais uma coincidência seria descoberta tarde demais. Dois anos depois, Débora iniciou uma jornada em busca da mãe. O que alcançou foi a insanidade da engrenagem que mastigou suas vidas. Sua busca pela mãe é um dos momentos mais trágicos e reveladores do livro, ao unir passado, presente e futuro no corpo em movimento desta filha.
Há uma tendência no senso comum de considerar que categorias como “loucos” são determinadas, imutáveis, indiscutíveis e, principalmente, isentas dos humores do processo histórico. Não são. Cada sociedade cria seus proscritos – uma construção cultural que varia conforme o momento e as necessidades de quem detém o poder a cada época. Há um livro essencial sobre este tema: Os infames da história – pobres, escravos e deficientes no Brasil (Faperj/Lamparina). Na apresentação, a autora, a psicóloga Lilia Ferreira Lobo, que escreve sob a inspiração de Michel Foucault, faz uma descrição primorosa:
“Existências infames: sem notoriedade, obscuras como milhões de outras que desapareceram e desaparecerão no tempo sem deixar rastro – nenhuma nota de fama, nenhum feito de glória, nenhuma marca de nascimento, apenas o infortúnio de vidas cinzentas para a história e que se desvanecem nos registros porque ninguém as considera relevantes para serem trazidas à luz. Nunca tiveram importância nos acontecimentos históricos, nunca nenhuma transformação perpetrou-se por sua colaboração direta. Apenas algumas vidas em meio a uma multidão de outras, igualmente infelizes, sem nenhum valor. Porém, sua desventura, sua vilania, suas paixões, alvos ou não da violência instituída, sua obstinação e sua resistência encontraram em algum momento quem as vigiasse, quem as punisse, quem lhes ouvisse os gritos de horror, as canções de lamento ou as manifestações de alegria.”
Aqueles que foram encarcerados dentro da Colônia e de outros hospícios do Brasil, em algum momento perturbaram alguém ou a ordem instituída com a sua voz – ou apenas com a sua mera existência. Em vez de serem escutados no que tinham a dizer sobre a sociedade da qual faziam parte, foram arrancados dela e trancafiados para morrer – primeiro pelo apagamento simbólico, depois pela falência do corpo torturado. A pergunta que vale a pena fazer neste momento, diante da história documentada pelo Holocausto Brasileiro, de Daniela Arbex, é: quem são os proscritos de nossa época?
Vale a pena repetir que, na Colônia, sete em cada dez não tinham diagnóstico de doença mental. O diagnóstico, além de não representar nenhuma verdade absoluta sobre alguém, perde qualquer possível valor num lugar como o hospício descrito. Sua única utilidade seria como justificativa oficial para retirar pessoas incômodas do espaço público, aquelas cujo sofrimento não poderia existir, violando neste ato seus direitos mais básicos. Mas o fato de 70% dos internos não ter nem sequer um diagnóstico é um dado importante para perceber com que desenvoltura os manicômios serviram – e ainda servem – a um propósito não dito, mas largamente exercido pelo Estado: o de ampliar as categorias das pessoas que não devem ser escutadas, calando todos aqueles que dizem não apenas de si, mas de toda a sociedade.
Vivemos um momento histórico muito delicado,em que está sendo determinado quais são os novos infames da história – e qual deverá ser o seu destino. E também em que medida o Estado tem poder sobre os corpos. Me arrisco a dizer que, se ontem os proscritos eram os epiléticos, as prostitutas, os homossexuais, as meninas pobres e grávidas, as esposas insubmissas, hoje os proscritos que se desenham no horizonte histórico são os drogados – e especificamente os “craqueiros”. E o destino apresentado como solução tem sido, de novo, a internação. Inclusive a compulsória. A tarja de dependência química funciona como um silenciamento, já que não teriam nada a dizer nem sobre a sociedade em que vivem, nem sobre sua própria vida. São apenas um corpo sujeitado ao Estado para ser “curado”. E, para a maioria, nada melhor do que tirá-los da frente – às vezes literalmente.

É bom aprender com a história. Holocausto Brasileiro é um excelente começo para uma reflexão não apenas sobre o passado, mas sobre o presente. Como afirma Daniela Arbex: “O descaso diante da realidade nos transforma em prisioneiros dela. Ao ignorá-la, nos tornamos cúmplices dos crimes que se repetem diariamente diante de nossos olhos. Enquanto o silêncio acobertar a indiferença, a sociedade continuará avançando em direção ao passado de barbárie. É tempo de escrever uma nova história e de mudar o final”.

Campo de concentração: uma das 300 cenas do holocausto brasileiro, registradas pela primeira vez pelo fotógrafo Luiz Alfredo, para salvar a história do esquecimento (Foto: Luiz Alfredo/FUNDAC)
 
(Eliane Brum escreve às segundas-feiras.)

http://revistaepoca.globo.com//Sociedade/eliane-brum/noticia/2013/06/os-loucos-os-normais-e-o-estado.html

Sopas para não engordar no frio

Conheça três receitas que aquecem e evitam o excesso de calorias típico das baixas temperaturas

iG São Paulo

Cuidado com as calorias da sopa . “Um creme feito à base de leite integral, margarina, manteiga e queijos gordurosos, por exemplo, pode conter até 300 calorias”, alerta a nutricionista Juliana Guedes Simões Gomes, gerente de Gastronomia do Hospital do Coração (HCor).
Se vier acompanhado com fatias de pão, torradinhas ou croutons, então, o consumo calórico pode dobrar e o que era para ser uma refeição leve vira um peso a mais na consciência – e na balança.

Leia:  Veja o cardápio para não engordar no frio
           
Para ajudar a evitar isso, a nutricionista preparou três receitas de sopa, com menos de 220 calorias para aquecer no inverno sem engordar. Veja a seguir uma galeria de imagens com os ingredientes que compõem cada uma e, mais abaixo, como prepará-las.


Sopa de abóbora com queijo branco e tomilho, com 173 kcal. Foto: Getty Images
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Modo de preparo:
Sopa de abóbora
Em uma panela aqueça 3 colheres de sopa de azeite e refogue a cebola, em seguida acrescente o alho. Assim que estiver dourado acrescente a abóbora, misture bem e acrescente a água e o sal. Deixe cozinhar por 20 a 30 minutos ou até que a abóbora esteja bem cozida. Bata no liquidificador. Despeje a sopa de volta à panela, deixe ferver. Enquanto isso, em uma frigideira, aqueça 1 colher de sopa de


 azeite salteie o tomilho picado por alguns segundos e adicione à sopa. Misture bem e desligue o fogo. Com o fogo desligado, acrescente o queijo cortado em cubinhos.

Sopa de legumes
Getty Images
Sopa de legumes: esquenta o corpo sem aumentar o peso

Em uma panela aqueça o azeite, refogue a cebola e em seguida acrescente o alho. Assim que estiver dourado acrescente as rodelas de cenoura, refogue nos temperos e adicione a água e o sal. Deixe ferver, acrescente a vagem e por último as rodelas de abobrinha. Deixe cozinhar até que os legumes estejam macios, mas sem desmanchar. No liquidificador bata metade da quantidade de legumes cozidos com a água do cozimento. Volte para a panela e deixe ferver. Para o pesto de ervas misture o azeite e as ervas e adicione à sopa antes de servir.
 
Sopa de feijão
            
Em um recipiente deixe o feijão de molho em 1 litro de água quente por 30 minutos. Despeje o feijão com a água em uma panela de pressão, acrescente mais 1 litro de água quente e deixe cozinhar por aproximadamente 35 minutos ou até que esteja bem cozido. No liquidificador bata metade dos grãos, volte para a panela e reserve. Em outra panela, aqueça o azeite, doure a cebola e o alho adicione a carne, e deixe cozinhar por aproximadamente 15 minutos. Em seguida cozinhe os legumes até ficarem macios. Acrescente a carne com os legumes cozidos ao feijão, adicione o sal, misture e deixe ferver. Finalize com salsa picada.

Leia mais notícias de alimentação e bem-estar

http://saude.ig.com.br/alimentacao-bemestar/2013-06-04/sopas-para-nao-engordar-no-frio.html